Cuento de navidad enamorado

ESTA NAVIDAD SÍ, MI AMOR.
Que nervios. Llevo esperando este momento todo el año y no pienso permitir que la indecisión y el pánico me la vuelvan a jugar como ocurrió las navidades pasadas, cuando despilfarré ridículamente mi oportunidad de decirle lo que sentía, de decirle que la quiero con locura desde aquella otra navidad de hace dos años en que la vi por primera vez con su larga cabellera negra tocada bajo un pañuelo blanco y esos carrillitos coloreados apenas un poco menos que sus labios. Y qué dulzura de labios. Brillaban como brillan las manzanas maduras puestas al sol después de haberse refrescado con la lluvia. En aquella ocasión solo pude verle de lejos lavando ropa en el río de aquel enclave donde acampamos mi amo y yo, junto con otros dos ricos extranjeros y sus sirvientes y monturas.

Lavandera
Fueron unos días muy extraños por la novedad de lo que empezaba a sentir en mi corazón y la imposibilidad de acercarme a ella. Me conformaba con espiarla desde la distancia aprovechando los escasos momentos en que me veía libre de mis tareas al cuidado de la bestia que montaba ese déspota de largas y sucias barbas blancas, que olía peor que el animal y que jamás me dirigió una sola palabra de aprobación. Ni él ni ninguno de sus otros dos camaradas, con sus ropajes pomposos y su porte altiva. Ni una palabra sobre el objetivo de ese peregrinaje que ya llegaba a su fin, cargados de baúles con oro y otros presentes. Ni el brillo de todas sus monedas juntas se equiparaba con el de los ojos verdes de mi amada. Monedas que dicho sea de paso jamás vi aparecer de debajo de sus túnicas, ni salir de ningún bolsillo ¡viejos avaros sin alma!

La mía la tenía guardada para ella. Me refiero a mi alma, esa cosa intangible que hasta los que somos como yo tenemos en algún lado. Se la entregaría para que le diera calor –suponiendo que despidan calor que es lo que se pide de un alma en estas fechas de nieves- en vista de que nunca podría calentarla con un abrigo caro y de que mis famélicos brazos apenas me calientan a mí.
Pero no pudo ser. Mi alma tuvo que esperar medio sorprendida y medio desolada, porque el último día, la mañana que ya recogíamos el campamento después de que aquellos tres engreídos dieran fin a su misión en estas tierras, ya no estaba cuando fui a buscarla detrás del montículo donde solía estar siempre. Había desaparecido junto con su cesto de ropa y su sonrisa infinita. Busqué por los alrededores y pregunté por ella a un pastor que ya guardaba su enclenque rebaño de una sola oveja. Se limitó a encogerse de hombros como dando a entender que igual que yo, allí después de la navidad todo el mundo desaparecía.

Pastor

Mi sorpresa fue mayúscula cuando un año después, del que no recuerdo nada más que estar arrodillado recogiendo los pedacitos de mi corazón, apareció en mi vida de nuevo. Estaba igual que la última vez. Vestía aquél delantal blanco que un año antes no podía ocultar sus formas, y lavaba ropa en aquel río que despedía brillos como los del papel de plata y me pregunté de quien sería:
– ¿Habría algún hombre que vistiera esos trapos indignos de las manos de mi diosa reencontrada?
Deseé que en tal caso esa ropa fuera de su padre o mejor, de su abuelo. No quería tener que pelearme con alguien que me sacara ventaja y pudiera molerme a palos si me sorprendía rondándola. Evaluando mis capacidades, casi mejor que fueran de su bisabuelo. Decidí que estas cosas no pasan porque sí, y que si el destino había querido volver a poner a mi alcance el fruto de mis desvelos –y por qué no decirlo, de mis nocturnos roces con un melón maduro al que a punto estaba de poner nombre- no era yo nadie para decirle que se equivocaba y que esa joven no era para mí. O sí, debí de decírselo a juzgar por la parálisis y completa petrificación de mis cinco extremidades, si a la lengua se le puede incluir en el lote porque estaba tan agarrotada como el resto. Debió ser tan cómica mi estampa, allí clavado con cara de aprieto y el sudor resbalándome por la sien, que hasta me pareció que el camello al que alimento y limpio me perdió el poco respeto que me tenía y soltó un sonoro bufido que bien podía haber pasado por una carcajada en el lenguaje de las bestias… y en el de las personas. Lloré como un crío que acaba de pelarse las rodillas, y lo hice durante muchos días. Tal era el malestar y el profundo dolor que sentía dentro que ni mi querido “Meloncio” –sí, terminé por darle nombre ya que ni el de ella conocía- me servía de consuelo.

melon
Pero la amargura no dura eternamente y enseguida me di cuenta de que hasta el más tonto se merece una tercera oportunidad y que el destino lo sabría y me pondría de nuevo frente a ella una navidad más para terminar lo que casi empecé en la pasada.

Y aquí me encuentro, a punto de llegar al lugar donde terminará mi pusilánime vida y empezará la felicidad. Estoy armado de deseo, de pasión y de decisión. Hasta al camello se le nota el paso mas firme y seguro. Detrás de ese montículo de piedras y musgo debería estar, igual que estuvo la navidad pasada, y la anterior. Cuando termine de rodearlo veré a mi amada, la levantaré delicadamente y acercando mis labios a su oído la…
-¡¿Qué?!… ¡Me la han cambiado por un caganet!… ¡Malditas modas y maldita mi estampa de plástico!

caganet

Guillermo Rojo Diez

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Acerca de Sexoguay

Gerente de la tienda erótica Sexoguay-Haizegoa. Experto Universitario en Sexualidad Humana. Máster en Promoción de la salud sexual. Miembro de la AES Director del equipo que ha hecho el juego erótico Trivial Sexoguay
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