Las Pajas 03

Las pajas
Las pajas 01

Las pajas 02

—La madre, cállate… —unos segundos sonoros— ¿Blanqui?… Sí…, no… El Pueyo, mujer… Oye… Espera, ¿me dejas hablar?… Perdona… Es que si digo que soy yo, no te pones… No digas palabrotas, Blanqui, que quedan muy feas en una señorita tan guapa como tú — el Santos se tapa la risa, al Pueyo le corre el sudor por la espalda desnuda— …¿Me dejas hablar?… Vale… Mira, que si te apetecen unos cubatas y unos cigarritos en casa del Santos, que no están sus padres… Ya…, ya sé que te ha llamado, pero es que es tan tímido el pobre… ¿Borrachos? Pues sí, un poquito, no veas lo bien que nos lo estamos pasando… Sí… Y hemos dicho, oye, vamos a llamar a la Blanqui, que… Que no… ¿Qué?… Pues mira, te voy a decir la verdad, Blanqui: porque eres guapísima y estamos los dos locos por ti… Anda, vente un ratito… ¿No?… ¡Una mierda te vas a venir con el Ricardo!… No se entera… Que te digo yo que no se entera… Pues porque no… Anda, Blanqui…, si somos dos pequeñines que no sabemos de nada de la vida, pero tú nos enseñas, ¿vale?… Venga, ¿sí?… Tú estás peleada con la Ernesta, pero con el Santos no… La Ernesta no asoma, no sale de su cuarto, ¿verdad que no, Santos?… ¿Ves?, dice el Santos que no… ¿Vienes entonces? Venga, aquí estamos… ¡Oye, Blanqui, Blanqui!… ¿Te puedes traer cubitos de hielo de tu casa?… Es que se han acabado y el congelador está roto… Vale… No tardes… —cuelga, estalla— ¡Joder que viene! ¡Joder que viene! ¡Que nos la follamos, nene, Santos, que nos follamos a la Blanqui!

El Santos lo mira escéptico desde el sillón de la sábana.
—No has hablado con ella.
—¿Que no? Santos, te lo juro, ¡que viene! ¡Vamos a vestirnos, que tampoco es cuestión de recibirla en pelotas!
—No has hablado con nadie, a mí no me la das.
El Pueyo se echa a reír.
—Joder, pues me ha salido muy bien, yo creo que de “Oscar al mejor actor”, ¿cómo te has dado cuenta?
—Porque yo tampoco la he llamado.
—¡Joder qué trolero!
—Bueno, sí la he llamado, iba a decirle que mi hermana se está muriendo y que quería hablar con ella, pero no ha cogido nadie el teléfono.
—No jodas, ¿se está muriendo tu hermana? —el Pueyo se sirve otra copa de ginebra.
—No te enteras. Se lo iba a decir para ver si venía.
—Joder tú también qué ocurrencias. ¿Cómo está la Ernesta?
—Con ganas de que se la follen.
—Joder, no seas bestia…
—Que sí, Pueyo, que eso es lo que tengo que contarte. Hace un rato he ido a echarle un ojo a ver si necesitaba algo, y como estaba con el punto de la ginebra me ha dado por decirle si quería que me la follara. Y me ha dicho que sí.
—No jodas…
—Hasta se ha subido el camisón y se ha despatarrado.
—No jodas… ¿Y te la has…?
—No… ¿Tú te la follarías?
—¿Si fuera mi hermana?
—No, si fuera lo que es.
—No sé…
—No, dí.
—Joder, Santos…, yo qué sé, hace mucho que no la veo… ¿Está muy consumida?
—Ven, sube y la ves.
—Quita, que me da cosa.
—No seas, vamos.
—Joder, Santos, si es que me da cosa… ¿Está muy mal?
—Mírala tú mismo.
—No, pero dime si está muy mal.
—No está muy mal.
—¿Cómo?
—¡Ven y la ves!
—Bueno, pero espera que me vista…
—Deja.
—Los pantalones por lo menos…
—Yo entro y salgo en cueros, no pasa nada.
—Pero a mí me da corte… Los pantalones por lo menos…

El Santos y el Pueyo suben. El Pueyo y el Santos entran. La Ernesta asombrada del techo, siempre asombrada del techo, excepto cuando pasa el calor y le rabian los huesos. Permanece con las faldas del camisón subidas. Una mano en el vientre blanco.
—Acércate, hombre.
—Joder, Santos, que se le ve el cespejón
—Acércate.
—¿Oye?
—Claro.
—Joder…

La Ernesta los mira y con las arruguillas de los párpados agradece la visita. La Ernesta se cubre el bajo vientre con recato.

—Lo mismo se ha estado metiendo el dedo —dice el Santos, riéndose con sorna.
—Calla, que oye, ¿no dices que oye?
El Santos no le hace caso al Pueyo.
—Mira quién ha venido, Ernesta; ¿te acuerdas del Pueyo?
La Ernesta asiente mirando al Pueyo.
—Hola, Ernesta, ¿cómo estás?
La Ernesta cierra y abre los ojos, la Ernesta cierra y abre los labios. El Santos se sienta en el colchón azul y le coge una mano a la Ernesta, el Pueyo permanece de pie junto a la cama.
—¿Qué te parece, Pueyo? —el Santos le enjuga con la mano el sudor del rostro.
—El qué…
—No está tan consumida, ¿verdad?
—Qué va… Yo la veo muy bien…
—¿Te la follarías?
—Joder, Santos, cállate.
—Pero si ella quiere… Ernesta, ¿te gustaría que te follara el Pueyo?

La cabeza de la Ernesta no dice nada, las arruguillas de sus párpados no dicen nada. La Ernesta mira al Pueyo a los ojos, pero el Pueyo es incapaz de mirar a la Ernesta. Los ojos de la Ernesta descienden hasta la bragueta del Pueyo. Abierta.

—Mira lo que te mira, Pueyo.

El Pueyo mira lo que le mira la Ernesta en el mismo instante en que la ve sonreír levemente.

—Joder, Ernesta, tú también…, cómo eres —se sube la cremallera.
—Quiere vértela. Enséñasela, Pueyo, que te la vea.

El Pueyo sonríe al Santos con nerviosismo.
—¿De verdad que quiere?
—Que sí.
—¿Pero es que ella no puede hablar?
—A veces sí habla.
—Pues hasta que ella no diga que sí quiere, yo no hago nada…

—A ver, Ernesta, dí que sí o que no con la cabeza: ¿quieres que te folle el Pueyo?

La Ernesta dice que sí con la cabeza. Y le sonríe al Pueyo. El Pueyo se ruboriza.
—Joder…
El Santos empieza a subirle el camisón.
—Ayúdame a quitárselo del todo.

Se lo sacan con cuidado por la cabeza. Al Pueyo le tiemblan las manos, al Santos le tiemblan las manos, al Santos y al Pueyo le tiemblan también las piernas. La Ernesta no tiembla, se deja hacer, se deja mirar, toda reposo y sudor, enfermedad complacida, morbosidad lúbrica.

—Santos, joder, pero si está buena…
—Claro.
—Yo me la imaginaba consumida, pero… Estás muy buena, Ernesta… Tienes una piel…, más suave que la mar… —el Pueyo le acaricia el costado a la Ernesta, le acaricia los pechos a la Ernesta, le coge un pezón suavemente a la Ernesta. A la Ernesta se le ha quedado una sonrisa en los labios y vigila las caricias del Pueyo.

El Santos le separa un poco las piernas.
—Tócale el chocho, verás…
El Pueyo introduce su mano entre los muslos de la Ernesta.

—Joder…
—Qué.
—Nada… Que es el primer coño que toco…
—¿Y?
—No sé… Bien.
—Es como tocar un animalillo, ¿verdad?
—¿Qué animalillo?
—No sé… Como si tocaras un animalillo. Métele un dedo.
—Joder, Santos, pon el ventilador ése, que aquí nos asamos.
—Está roto, ¿no te lo he dicho?
—Ah, es verdad… Oye, ¿y por qué no nos bajamos a tu hermana a la salita? Hace más fresco abajo.
—Vale, mejor… ¿Te ayudo?
—No, puedo solo. Bueno, a ver si quiere ella. Ernesta, ¿quieres que te bajemos a la salita, que hace un poco más de fresquito? —la Ernesta no responde—. No contesta, Santos.

—Le tienes que decir que diga sí o no con la cabeza.
—Ah… Ernesta, dí sí o no con la cabeza: ¿quieres que te bajemos con nosotros a la salita, que se está más fresco?
La Ernesta dice que sí con la cabeza.
—Con cuidado, Pueyo, que tiene los huesos muy delicados.
El Pueyo, satisfecho, coge en brazos a la Ernesta desnuda como si la Ernesta desnuda sólo estuviese hilvanada.
—Espera, Pueyo, espera…
—Qué pasa.
—Si le vieras el cespejón así… Se le sale por el culo como una flor.
—Joder…
—¿Pesa?
—Casi nada.
—Mira, lo vas a ver.

El Santos abre la puerta del armario de la Ernesta para ofrecerle al Pueyo el espejo interior.

—Es verdad… ¡Qué bonito! Es como una rosa negra.

El Santos baja las escaleras, el Pueyo lo sigue con la Ernesta en brazos.

—Me parece que no sale de su cuarto desde la Nochebuena, que la bajó mi padre a que cenara con nosotros.
—Joder, Santos, pues eso tampoco es. La pobre se aburrirá como una ostra, todo el día metida ahí… ¿A que te aburres, Ernesta?… Ah, dí sí o no con la cabeza —el Pueyo se detiene en mitad de la escalera—: ¿A que te aburres?

La Ernesta dice que sí, que se aburre. El Pueyo inclina la cabeza para besarla en los labios. Termina el beso, la mira, le gusta lo que ve y le da otro más largo y profundo. Lo termina precipitadamente.

—¡Joder, Santos, me ha metido la lengua! —se relame. El Santos sonríe—. Eso es que le gusto un montón… ¿Te gusto, Ernesta? Dí sí o no con la cabeza. ¡Mira que tener que decirle siempre eso!

La Ernesta dice que sí, que el Pueyo le gusta. El Pueyo la vuelve a besar, le mete la lengua.

—Vamos, Pueyo.
—Mira por dónde… —sigue bajando— ¿Y siempre te he gustado? ¿Cuando estabas bien y me veías, te gustaba? Dí sí o no con la cabeza.

La Ernesta dice que sí, que el Pueyo ya le gustaba cuando estaba bien.

—¿Y por qué no me lo dijiste nunca? Yo también me fijaba en ti, ¿eh? Me acuerdo una vez que te vi en braguillas, vistiéndote… Tú no me viste. Tenías la puerta de tu cuarto entornada y yo subía al lavadero a ver al Santos. Joder, qué paja me hice esa noche pensando en lo negro que se te transparentaba… Mira que hemos sido idiotas los dos, ¿eh? ¿Dónde la pongo, Santos?
—En el suelo, ¿no te las vas a follar? Mejor en el suelo.
—Busca tabaco, anda. Joder, ginebra apenas hay ya, ¿nos hemos cascado una botella?
—Estaba menos de media.
—Ah, coño.
El Pueyo coge un cojín, un cojín coge el Pueyo, del sofá, y se lo pone a la Ernesta debajo de la nuca…

………………………………………….(continuará)

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Acerca de Sexoguay

Gerente de la tienda erótica Sexoguay-Haizegoa. Experto Universitario en Sexualidad Humana. Máster en Promoción de la salud sexual. Miembro de la AES Director del equipo que ha hecho el juego erótico Trivial Sexoguay
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