“Las pajas 02…” sigue el relato…

Las pajas 01
de Jesús Tíscar



—Me voy, Ernesta. Llama si eso…
La Ernesta se pone a bufar de rabia y a llorar. Patalear no la dejan sus huesos, se le tronzarían las piernas si pataleara. Se calma cuando el Santos se detiene y da la vuelta, pero comienza otra vez cuando ve que no es piedad fraterna, cuando ve que coge la ginebra y el tabaco y se los lleva. Bufa la Ernesta como si intentara inflar una botella.

—No te pongas así, Ernesta, no seas tonta, cómo te voy a follar yo, te resentirías de los huesos y además nos castigaría el Señor a los dos, a ti ya te tiene castigada, pero te castigaría más todavía —y cierra la puerta el Santos.

El Santos se sienta en el primer escalón, abre las piernas y empieza a pajearse pensando que se está follando a la Ernesta. Se pajea fuerte para que los huevos le bailen y le reboten. Se detiene y se levanta espantado. Baja apresuradamente. Han llamado al timbre. Es la Blanqui. Entra a su cuarto y se pone unos pantalones cortos. El timbre suena otra vez, muy largo. Baja y abre. El Pueyo y no la Blanqui, el rubio Pueyo salta a la sombra del zaguán, cerrando el paraguas que trae.

—Venga un pito, Santos, que no me queda ni uno —jadea el Pueyo.

—También tienes tú valor, Pueyo… Pero es negro.

—Como si quiere ser verde. Venga un pito… ¡y una ginebra!, que te huelo, borrachuzo.

—Pues te esperas, que me la estaba cascando.

—No jodas, eso es sagrado, trae que te la termine —el Pueyo cuelga el paraguas en la barandilla de las escaleras.

—Hombre, gracias.

El Santos se quita los pantalones y el Pueyo se coloca detrás de él para pajearlo, con el mentón sobre el hombro del Santos, mirándole lo que le hace.

—Con paradas o sin paradas, tú dirás.

—Sin, que es la quinta o la sexta…

—¡Joder!

—Es el calor, Pueyo, yo creo que es el calor, hoy está haciendo más que ningún día, me parece, y se mete en los huevos… Más deprisa, Pueyo.

—Pues yo llevo dos nada más: esta mañana y después de comer. Ahora me haces tú otra, ¿vale?

—Vale… No tan deprisa, Pueyo.

—¡Aclárate!

—Así, así… Ya mismo viene…

Viene, y el Santos se estira, abre la boca, y el Santos bizquea.

—¡ParaPueyoparaPueyoparaPueyoparaPueyopara…!

El Pueyo para. El Santos se deja caer sobre la barandilla, resoplando, se sienta en el primer escalón, jadeando.

—Oye, ¿y tu madre?

—La operan pasado mañana. Te tengo que contar una cosa que me acaba de pasar…

Suben.

—Eso con un pito y con una ginebra fresquita.

—No hay hielo.

—No jodas…

—El congelador está roto.

—No me digas que te estás tomando la ginebra caliente. Vas a salir ardiendo, gilipollas.

—Pero si lo sudo todo. Hace un rato tenía una mona de campeonato y ahora apenas si tengo el punto.

El Pueyo se desnuda y da saltos gimnásticos.

—Desde luego es que no hay nada como estar en pelotas en casa —dice el Pueyo. Se sienta.

Su amigo le proporciona una copa. Se la llena. Se llena el Santos otra. Brindan por la paz del mundo.

—¿Has visto hoy el telediario? —le pregunta el Pueyo.

—No; qué ha pasado…

—Los moracos se han cargado a unos turistas a puñaladas.

—Cabrones.

El Pueyo enciende un “Condal” y le da una calada profunda.

—Anda, házmela ya, que mira cómo estoy.

—Ven.

—No, aquí.

—Qué señorito.

El Santos se arrodilla entre las piernas del Pueyo. Lo pajea a medio tono, como sabe que prefiere el Pueyo, acelerando cuando le viene. El Pueyo, mientras tanto, fuma.

—Oye, espera, trae la “Interviú”, que me gusta correrme con la rusa esa del chocho rubio.

—Ya no está.

—¡No jodas! ¿Que se ha ido mi rusa de la revista?

—El otro día fui a cogerla y ya no estaba. La debe haber tirado mi padre.

—Pues yo me la hubiera tirado, mejor. Oye, ¿tú crees que nuestros padres se la cascarán?

—Yo al mío no me lo imagino.

—Bueno, pues sin rusa, a palo seco… Sigue, Santitos, que vas muy bien.

El Santos lo pajea rápido y expectante a lo que va a salir: leche entera. El Pueyo sólo es un año y medio mayor que él, pero ya le sale leche entera. También la tiene más grande y con más pelos. Cuando le salió el primer transparente, el pegamento Imedio que decía él, lo recogió en un papel de aluminio y vino a enseñárselo. “Ya puedo preñar a una nena”, fue lo que dijo mientras ambos examinaban aquella manchita seca, “y pensar que esta gota es un niño…”, reflexionaron.

El Santos aparta la cara para no llenársela de niños. El Pueyo tiene unos gustos muy brutos: ronca y gargajea y dice palabrotas entre dientes mientras se corre con los ojos cerrados. El Santos rebaña la leche que ha caído en el vientre del Pueyo y se unta con él sus partes.

—¿Qué, a ver si se animan?

—Claro.

—Come un poco, ¿nunca lo has probado?

—Sí, del Dani.

El Santos se chupa los dedos. El Santos rebaña más leche entera y se la come.

—También tienes tú valor de comerte la leche del Dani, te puedes quedar tan idiota como él.

—Pues no se diferencia mucho el sabor…

—No me jodas, Santos.

El Pueyo la prueba.

—La mía es riquísima, cosecha del 82.

—Se te afloja al momento, Pueyo.

—Porque me corro. ¿No te digo que lo tuyo es una suerte? La otra noche estuve hablando de eso con mi hermano Pedro, por su novia, que se la acababa de follar.

—¿Ya se ha follado a la Nieves?

—La otra noche, en la cochera de su casa…

—Cuenta, ¿qué te contó?

—Trae la ginebra, haz el favor. ¡Mira que no tener hielo!

—Toma, cuenta, cómo fue.

—Pues nada, por lo visto la Nieves deseando, pero haciéndose la santita, que no quería, y mi hermano intentando metérsela… Hasta que se la metió.

—¿Y qué?

—Joder, pues que follaron.

—¿Con condongo?

—Qué va; dice mi hermano que si tiene que pararse a ponérselo, se le va la Nieves.

—Verás como la haya preñado…

—¿La primera vez la va a preñar?

—Dicen que sí…

—Bueno pues si sale preñada que se joda, que no se hubiera dejado. Lo bueno es que después la Nieves quería otra vez y a mi hermano no se le ponía dura.

—¿Que quería otra vez la Nieves? Qué pelleja, ¿no? ¿Y a tu hermano por qué no se le ponía dura?

—Dice que no sabe, que se había quedado como muerto después de correrse en el coño de la Nieves y que por más que la sobeteaba no se le ponía dura ni a tiros, y como la Nieves no quería chupársela porque le daba asco… Joder qué punto ginebra estoy apañando ya. Claro, así calentona…

—Pero tú me has contado que la Nieves se la chupaba al Pedro cuando se iban de carriles.

—Sí, pero como mi hermano la tenía pringada de las babas de su chocho, a la Nieves por lo visto le daba eso asco.

—¿Y de sangre no? ¿La Nieves no era virgen?

—De sangre también, sí. Qué calor, Santos, joder, ¿no tenéis ni un mal ventilador?

—Uno, pero está roto.

—Joder, el congelador roto, el ventilador roto…, ¿qué pasa aquí?

—Echa un cigarro, ¿quedan?

—Uno… ¿No hay más?

—Luego busco, mi padre los reparte por ahí… Ahora te voy a contar una cosa, pero me tienes que jurar que no va a salir de aquí.

—Jurado.

—¿Me lo prometes?

—No jodas, Santos, ¡que sí! Oye, y tú lo de mi hermano y la Nieves lo mismo, ¿eh?

—Jurado.

—¿Prometido?

—Que me muera.

—Pues por los secretos hay que brindar. Trae la copa… No jodas, ¡te has empalmado con lo de la Nieves!

—Así llevo toda la tarde, ¿no te digo? Ah, he llamado a la Blanqui…

—¿Para qué? Oye, ¿te la meneo otra vez?

—No, ahora no. No sé, estaba pipa y me ha dado por llamarla a ver si se quería venir…

—No jodas… ¿Y qué te ha dicho?

—Me ha mandado a la mierda.

—Claro, no tienes tú fe ni nada… Qué buena está la hijaputa.

—Cada día más. Ayer por la mañana la vi que salía de la tienda de Justa con una camisetilla y con los pantalones cortos esos azules que tiene y que se le señala todo el cespejón. Iba sin sujetador, seguro. Qué tetones… ¿Tú te imaginas lo que sería cogerle esos tetones, Pueyo?

—Yo no, más quisiera, pero tú sí, no te hagas el gilipollas.

—Entonces no las tenía tan grandes, y además yo no lo disfrutaba tanto como lo disfrutaría ahora. Quién la pillara ahora a la Blanqui, madre mía, me iba a despellejar la polla de follármela.

—Así la tendrá el Ricardo, el maricón.

—Al cabrón ese un día lo tiene que pisotear la yegua. ¿Tú crees que se la habrá follado?

—¡Pues claro, no te jode, todos los días! Vamos, que si no se folla uno a una nena así todos los días es para que lo castigue Dios.

—A lo mejor la Blanqui no lo deja todavía, como antes la Nieves con tu hermano.

—La Blanqui es una caliente, Santos.

—A mi hermana el Ricardo no se la folló.

—Y tú qué sabes.

—Lo sé.

—Puede ser, pero es que tu hermana es tu hermana y la Blanqui es la Blanqui… Es distinto.

—De la Ernesta quería hablarte.

—Oye, ¿y si llega a venir la Blanqui?

—Yo me lanzo.

—¿Y no me hubieras llamado, mamón?

—A lo mejor después…

—Claro, después, cuando ya no tuviera ganas la Blanqui… ¿Te imaginas liarnos los dos con ella?… A esas calentorras les gusta que la soben dos a la vez y que mientras uno se la folla, al otro se la chupa, como en las pelis guarras. ¡Joder cómo me estoy poniendo sólo de pensarlo! ¿La llamamos otra vez?

—Quita, no sabes cómo se ha puesto…

—Venga, la llamo yo… Estoy con un punto… Me fumo el último, ¿eh?

—Ahora busco más. ¿La vas a llamar en serio?

—Ahora verás, dame el número.

—Pero no le digas que estás aquí.

—Dame el número.

—Cero dos, cuatro dos, cero nueve. Pero no no le digas que estás aquí, Pueyo.

—Joder, ¿te lo sabes de memoria? Acércame la copa, haz el favor.

El Pueyo bebe un buen trago y guiña ante el ardor de la ginebra. Se termina la copa.

—¡Joder cómo arde! —carraspea—. Mira que no tener hielo… ¿Cuál has dicho?

El Santos le repite el número y el Pueyo se coge la pinga y marca con ella. Se ríen a carcajadas. El Pueyo cuenta las llamadas en voz alta. Tenso. El Santos bebe directamente de la botella de “Larios”, agitándola sobre su boca abierta para que el dosificador dosifique. De repente le da la risa y espurrea. El Pueyo se ríe también, pero lo manda a callar.

—¡Calla, joder, que se me va lo que tengo que decirle!

—¿Qué le vas a decir?

—Joder, no lo cojen… —unos segundos inciertos— ¿Blanqui? —el Santos queda paralizado, con la pinga erecta y la cara de pánico divertido. Después poco a poco va reculando hasta sentarse en el sillón de la sábana, muy despacio, no quiere hacer ni un ruido— …Hola, ¿se puede poner la Blanqui?… —al Pueyo le tiembla la voz, el Pueyo se manosea la pinga nerviosamente— Sí, soy el Ricardo… —el Santos y el Pueyo sofocan la risa, el Pueyo tapa el micrófono del auricular y hace señas al Santos para que no se ría.

—¿Quién era?

….continuará..

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Acerca de Sexoguay

Gerente de la tienda erótica Sexoguay-Haizegoa. Experto Universitario en Sexualidad Humana. Máster en Promoción de la salud sexual. Miembro de la AES Director del equipo que ha hecho el juego erótico Trivial Sexoguay
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