Lectura erótica: “Las Pajas” de Jesús Tíscar

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En las tetas sí, la Ernesta casi siempre se metía la canica en el sujetador o entre las tetas. Era también jugar a que la Blanqui y la Ernesta eran extranjeras y estaban en la playa de Marbella, y en extranjero, oui, oui, oui, le pedían al Santos que les pusiera el bronceador: “crgemé, brgonceadé paga ponegnos moguené, poffavog, siñore,” que era la “Nivea” el bronceador y siempre estaba llena de pelos de culo, decía la Ernesta riéndose en las tardes horninas de la siesta, con los “Tennessee” cantando en el radiocassete que se traía la Blanqui. La Blanqui tenía radiocassette y su hermana a los “Tennessee”. Y se colocaban los biquinis que no eran capaces de estrenar en la Piscina Municipal, por vergonzosas, y se tendían en toallas en el lavadero de la azotea, allí arriba, a la sombra para no morir, con sus gafas de sol. El Santos hacía el mar con la boca, soplándoles en el cogote, haciendo las olas, mientras les ponía la “Nivea” por todo el cuerpo. La Blanqui decía ¡libegté, libegté! y se despelotaba entera y una tarde que la Ernesta se quedó troncorra en la toalla la Blanqui le pidió al Santos que le lamiera la “Nivea” de las tetas y el Santos le lamió la “Nivea” de las tetas, y estaba rica, aquella noche tendría colitis, pero estaba rica, y del cespejón también le lamió la “Nivea”, y estaba más rica aún, y le restregaba la pinga contra el muslo mientras le metía un dedo en busca de la canica que no había, hasta que la Blanqui, luego de suspirar a lo callando, le dio un palmotazo y le preguntó si estaba loco y le dijo que corría él mucho para ser tan chico, que para ser tan chico era para que no se le pusiera así la pirulilla de tiesa, y mandándolo a callar para que no se despertara la Ernesta, que roncaba y todo, se la meneó al Santos sonrientemente y dándole besitos muy cortos en la boca, con los “Tennessee” callados, y a partir de aquel día dejó de hacerle caso, ya nunca más la canica ni la “Nivea”, y poco después, ya nunca más la Ernesta, cuando apareció el Ricardo.

De Blanqui y de “Larios”y de tabaco y pajas está el Santos borracho. Se pajea despatarrado, le pincha el gusto y para, bebe, vuelve a pajearse el Santos, le pincha el gusto y para, fuma, espera, sigue pajeándose el Santos y piensa que ya no va a ser capaz de parar, pero para y huele a sardinas en aceite, el Dani y el Chocolatina dicen que los coños huelen a bacalao o a arenques, él jamás les ha dicho que a la Blanqui le olía a sardinas en aceite, se reirían de él y se lo contarían a la Blanqui. El Santos se cosquillea la pinga con las uñas y se pajea de nuevo, ahora no piensa parar, pero para, es como una prueba de valor tras otra, como la espuma de la cocacola cuando sube y parece que se va a derramar pero no se derrama. Apura la ginebra y le sobreviene una arcada, la boca vuelve a llenársele de ginebra, la escupe lejos, con las lágrimas saltadas, se aprieta la pinga, haciéndose daño, cuando ya el gusto casi le anilla la punta. Puede hacerlo las veces que quiera, sus amigos no, sus amigos, cuando se reunen en alguna parte a pajearse en grupo, a hacerse una paja de hermandad, o de camaradería, o a hacerse la paja de la paz tras alguna reyerta, no pasan de los dos o tres parones, dicen que es como si no pudieran detener la mano. El gusto es fortísimo si paras diez veces. El gusto te puede romper una vena de la cabeza si paras veinte veces, si eres capaz de parar veinte veces. Nadie es capaz de parar veinte veces. El Santos arrima la brasa del cigarro a su pinga, lo sufiente para sentir el calor sin quemarse. La sábana que cubre el sillón está empapada, como el pelo del Santos, como su cuerpo entero. Acerca un poco más la brasa del cigarro y la retira bruscamente, se ha quemado, escuece. Se pajea con firmeza y no para, se estira el Santos ahogando los chillidos y termina jadeante y en el suelo, con una pierna sobre el asiento del sillón, pajeándose, apurando, rebañando a ver si saca algo de sus huevos, una gotita que mostrarle a la Blanqui, la Blanqui se rió aquella vez porque no se corría y porque la tenía pelona, y el Santos está seguro de que se va a morir, con la boca abierta, le explotará el corazón o se le romperán todas las venas de la cabeza y quedará tonto. Qué vergüenza si lo encuentran muerto así, tonto así, con la pinga en la mano. El Santos se la mira e inspecciona la ranura de su pinga tiesa, de su pinga que palpita. Nada. Debería ir al médico, ya es mayor para correrse. Le escuece mucho la quemadura y la desolladura del pajeo. Pero seca. El médico se lo contaría a todo el mundo, don Francisco es un guasón. El Santos se pregunta si tendrá también arena en los huevos, como el congelador, y empieza a reírse como un niño borracho.

Llega al teléfono. Marca y espera a que lo cojan, con la pinga en la mano, pajeándose suavemente.

—¿Blanqui? … El Santos … Que mira, Blanqui, que la Ernesta está muy mal, yo creo que se está muriendo … Es que quiere hablar contigo, no hace nada más que llamarte: “Blanqui, que venga la Blanqui”, dice … Bueno, pues no vengas … Allá tú … Como se muera, te vas a arrepentir, Blanqui … Yo no sé por qué no hacéis ya las paces y sois amigas como antes … Desde luego, cómo eres, Blanqui … Oye, Blanqui, tu cespejón huele a sardinas en aceite, ¿lo sabías?

El Santos cuelga, el Santos se cae de risa. Riéndose, el Santos va baño y hace de cuerpo, un de cuerpo algo suelto. Termina, se limpia. El Santos se lleva la botella de ginebra y el paquete de “Condal” al cuarto de la Ernesta. La Ernesta sigue asombrada del techo. El Santos mira al techo a ver si es que ocurre algo fabuloso en él. En el techo de la habitación de la Ernesta no ocurre nada fabuloso, ni siquiera hay una araña acordeonista, y esto hace reír al Santos, que no haya una araña acordeonista en el techo de la habitación de la Ernesta. La Ernesta le mira la risa y después desciende con sus ojos de muerta y le mira la pinga. El Santos sienta la borrachera en la cama de la Ernesta. Deja en el suelo la botella y enciende un cigarro.

—Tú estás bien, ¿no, Ernesta?

La Ernesta pálida, la Ernesta morena, la Ernesta empapada de sudor, la Ernesta enferma y silenciosa con su camisón blanco, los médicos no saben qué puede pasarle en los huesos, tan joven la Ernesta, osteoporosis no es, osteoporosis no es, hay que descartar la osteoporosis, los médicos están entusiasmados con lo de la Ernesta y siguen esperando más síntomas, más síntomas. Ahora por lo menos no la tienen encerrada en el hospital, se apiadaron por fin de sus gritos, o se hartaron. Los médicos vienen a Poblalánguida a ver a la Ernesta, de vez en cuando se la llevan, a los pocos días la traen otra vez igual, o peor que se la llevaron, y a veces los médicos se quedan a dormir en el hostal de la carretera. Tiene la Ernesta las manos de porcelana delicada. Tiene la Ernesta una nariz muy bonita. Tiene la Ernesta los pechos patológicamente empingorotadillos, como en un escalofrío mortuorio y delicioso.

—¿Quieres una calada?

El Santos le introduce la boquilla del cigarro entre los labios y la Ernesta aspira suavemente. Despide el humo por la nariz y en las arruguillas de los párpados le vibra cierto placer.

—Está más rico el rubio, ¿a que sí?

Al Santos le alegra que su hermana afirme con la cabeza, que sí, que está mucho más rico el rubio.

—¿Y ginebra, quieres?

Le acerca el gollete y vierte un poco, la Ernesta la paladea y con las arruguillas de los párpados le pide más. La Ernesta bebe.

—Estaría mejor con hielo, pero no hay, ¿a que estaría mejor con hielo?

La Ernesta dice que sí, que estaría mejor con hielo.

—Pero no hay, y creo que tampoco se puede hacer, el congelador está estropeado.

El Santos enjuga con la mano el sudor del rostro de su hermana y le retira los cabellos que se le apelmazaban en la frente. Al Santos los ojos se le cierran de la borrachera que tiene. 

—Ha llamado papá —recita—, que a mamá la operan pasado mañana, que ha dicho el médico que es una operación fácil y que no le va a pasar nada, que a lo mejor viene la tía Pura y nos trae salmorejo, que ha hablado con ella y le ha dicho eso, que a lo mejor viene esta noche la tía Pura y nos trae salmorejo, estaría bien, ¿verdad?, ¿o a ti no te gusta el salmorejo?

La Ernesta dice que sí, que le gusta el salmorejo.

—¿Quieres más beber?

La Ernesta dice que no, que no quiere beber más.

—Yo tampoco, estoy fatal, voy a ir a devolver, ya vengo, te dejo el cigarro.

El Santos le encaja entre los dedos de una mano el “Condal” y va al baño. Vomita ginebra y bilis ruidosamente. Abre el lavabo y se apresura a mojarse la cara con el agua aún tibia. Si hubiera hielo… Esta noche irá al bar de Lolo a que le dé una bolsa de cubitos. El Santos regresa al cuarto de su hermana. La Ernesta tiene el cigarro en la boca, muy tieso, y el humo no sube, rodea su rostro. Pero dónde va a conservar el hielo si el congelador está estropeado. El Santos aparta el humo con la mano para verle bien la cara. Le quita el cigarro y le da una chupada.

—Ya estoy mejor —y bebe un traguito de ginebra para quitarse el mal sabor a vómito—. Oye, Ernesta, te voy a preguntar una cosa: ¿es normal que yo no eche leche todavía?

La Ernesta es su hermana mayor, sería mejor un hermano mayor para consultarle esas cosas, pero tiene que aguantarse con lo que hay, y lo que hay es la Ernesta, sus huesos podridos. La Ernesta se va a morir pronto, no se lo podrá contar a nadie. La Ernesta permanece inexpresiva.

—¿No quieres contestarme, Ernesta?

La Ernesta le mira la pinga al Santos, derecha otra vez, preguntarle eso a su hermana se la ha puesto derecha otra vez, y no le contesta.

—Ernesta, ¿quieres que te folle?

El Santos se ríe para disculparse por si la Ernesta dice no. La Ernesta dice que sí con la barbilla.

—Que es broma, Ernesta… Estás gili.

La Ernesta afirma exigente, con el vigor de la debilidad, y se abre de piernas.

—Que es broma, Ernesta… Estás loca.

La Ernesta se tira del camisón con ambas manos.

—Tápate eso, Ernesta, que soy tu hermano.

El Santos se lo acaricia, el animalillo, mete un poco los dedos y se los huele. A orines y a los jarabes que toma. Esta colorada, la Ernesta.

—¿Te acuerdas, Ernesta, cuando la Blanqui y tú os escondíais la bola y yo os la buscaba?

La Ernesta afirma con los ojos muy abiertos…  (continuará)

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Acerca de Sexoguay

Gerente de la tienda erótica Sexoguay-Haizegoa. Experto Universitario en Sexualidad Humana. Máster en Promoción de la salud sexual. Miembro de la AES Director del equipo que ha hecho el juego erótico Trivial Sexoguay
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