“Las pajas”…relato erótico

Las pajas
de Jesús Tiscar.

Este relato no es tanto un monumento
a la indecencia como un homenaje a la pubertad.
Y me lo dedico.

************

En los veranos de Poblalánguida, entre las tres y las seis de la tarde, el sol usa lupa y las chicharras, demasiado cocidas para chicharrear, explotan frecuentemente como petardos de fiesta mayor; las detonaciones se dejan oír en todo el pueblo, pero es raro que despierten o importen a alguien. En Poblalánguida, las almas de los que fallecen a la hora de la siesta no vuelan ni rinden cuentas con nadie mientras que el sol no se desinfle un poco; el cadáver se pudre de golpe, entonces, y sus dolientes tienen que enterrarlo de urgencia y con las narices tapadas, entre ayes, ascos y, claro está, grandes aspavientos. La gota de leche del higo loco chisporrotea como un calambre en las hojas de higuera, de higuera psicótica. En Poblalánguida se vuelven locas de calor las higueras y las ancianas, que transpiran leche agria. Algún tonto de baba se ha atrevido a increpar al sol en la sombra y ha mascado fuego y se ha escaldado la lengua, que terminará escupiendo hecha pellejos mañana al alba. Los pocos niños que han sido engendrados durante las horas de la siesta nacen sin vigor ni inteligencia, deambulan atolondradamente unos años por las calles poblalanguinas y mueren niños. Es un calor de púas, un silencio de alquitrán en los oídos, puñados negros de abejorros fritos en los alféizares de las ventanas, las bestias deshechas en las cuadras, sus boñigas hervoteando en las calles y chorreando en riada cuesta abajo… Se asfixia hasta la rabia de los perros.

También la de la Ernesta, la rabia de sus huesos, que dejaban de quejarse a eso de las dos, para que comiera la Ernesta, y ya no piaban hasta que el sol empezaba a velar su dilatada pupila de cráter.

El Santos en calzoncillos, subiendo pesadamente las escaleras para echarle un ojo y verla y quedarse tranquilo. La Ernesta boquiabierta, asombrada del techo, tendida en el colchón mondado, con el camisón de plástico, turbio, inmoral por el sudor, respirando tan leve como una difunta. El ventilador se estropeó a principios de verano, pegó un chispazo a principios de verano, cuando se lo enchufaron a la Ernesta, y desde principios de verano mira el cacharro a la Ernesta desde la alta cómoda negra; inútil, mirón y sanyo, al lado de un “Nenuco Pompitas” con ropita de lana y ojos de criminal.

—Ernesta, tú estás bien, ¿no?

La Ernesta desvía el asombro del techo al Santos, que le pregunta desde la puerta si está bien, si no está ya muerta. El cespejón de la Ernesta como una colina bajo el liso, casi hundido vientre; sus muslos gordos, sus tetas chicas, su rostro enfermo.

—Que estoy abajo… Llama si eso.

Tiene un botijo a la mano, pequeño para que lo pueda coger, y un termómetro y dos jarabes, y un bacín. A la Ernesta le gustaría que su hermano dejase la puerta abierta. Se ha imaginado una leve corriente de aire y cree que puede volver a repetirse. No dice nada porque solamente es capaz de hablar cuando se le queja el esqueleto, porque la ausencia de dolor la deja muda. El Santos cierra la puerta y la Ernesta mira la Virgen de escayola y del Carmen que suda frente a ella, desolada María, a lo mejor porque también ha sentido la corriente y deseaba que el Santos no cerrarala puerta. La Ernesta vuelve a asombrarse del techo. Se tira un pedo silencioso, sonríe y aguarda expectante a que el hedor venza lentamente el obstáculo espeso del ambiente y roce su olfato.

El Santos siente su sangre correr a impulsos de manteca. Está alterado. Ante el espejo del cuarto de baño se restriega los ojos irritados por el colirio constante de las gotas de sudor. La cisterna le chistea. El Santos se mete en la ducha sin quitarse los calzoncillos. El agua sale tibia, pero poco a poco va calentándose, hasta que achicharra y el Santos tiene que salir. El Santos orina desde lejos, sin cogerse la pinga. El Santos se admira el vello incipiente, lo frota con las yemas de los dedos y vuelve a pensar en afeitárselo para que le crezca más deprisa, más negro y más recio. Se pajea de pie, arqueándose hacia atrás, arqueándose tanto que casi no le llega la mano. Agita su pinga a la velocidad con que se bate un huevo. La mordedura del gusto lo lanza hacia adelante. El gusto seco lo hace parar sin querer, con un grito colmado, desesperado, de suicida al que no lo dejan suicidarse. Se mira, nada, ni siquiera lo transparente. El Santos vuelve a pensar en afeitarse. A lo mejor, si el vello le crece más rápido, se hace hombre también más rápido, y se corre, echa gachas. Sin embargo, aunque sabe que eso es imposible, teme perder para siempre el poco que tiene… O teme que precisamente cuando esté afeitado y esperando a que crezca, la Blanqui diga vamos y él no tenga más remedio que ir y la Blanqui se le ría otra vez de lo pelona y de lo seca. El Santos está empapado en sudor. Abre de nuevo la ducha, pero sigue quemando.

La puertecilla del mueble de la salita, encima de la televisión, al lado del juego de café, debajo de los recuerdos de boda, la Ernesta y él de comunión, cerca de los tomos de “Mundo Natural”; la puertecilla tiene una llave dorada de armario ropero que no gira, pero que adorna. El Santos elige una copa panzuda y la botella de “Larios”. Desnudo, va a la cocina. Es un dulce sueño de bujarrón el trasero del Santos. El congelador está lleno de arena y de pescado. No hay hielo. En el sillón de scay cubierto con una sábana, se sienta, se llena la copa hasta la mitad. El Santos bebe. El Santos se levanta. Busca cigarros. Encuentra medio paquete de “Condal”, de su padre, en el cajón de las medicinas. El Santos busca un mechero. Se arrastra de nuevo hasta la cocina y toma la caja pringosa de cerillas de palo que ha de mantenerse fuera del alcance das crianças. El Santos pone bien la sábana empapada. Se sienta. Bebe ginebra. Rasca una cerilla. Se enciende el cigarro, largo. El Santos jadea por jadear. Se acaricia la pinga, se la arma al instante. Se empieza a pajear despacio, fumando y bebiendo con la otra mano, se empieza a pajear por entretenerse, los pies sobre la mesita baja. Suena el teléfono, un ulular moderno y derretido. Al Santos le gustaba más el ring del otro, pero la Telefónica dijo de cambiarlo. O algo así. Se levanta, la copa en la mano, el cigarro en la boca, la pinga cabeceante. Da golpecitos con ella en un canto del mueble.

—Qué.

Y el Santos se sigue pajeando.

—La Ernesta está callada, está bien. ¿Y mamá?

Y la cabina se atraganta de monedas.

—Eso ya lo sé. Que como está.

Y el Santos deja un momento de pajearse para coger la copa, beber, soltarla, coger el cigarro, fumar, cogerse otra vez la pinga y seguir pajeándose, despacio y por hacer algo mientras le hablan y dura la llamada del día, el parte, con lo mismo.

—Bueno… Que no te preocupes… —a dos dedos se pajea el Santos: índice y pulgar; delicado—. Vale… Dile que bien… Hasta luego… Ya te imaginas el calor… Dile que sí, que bien… —a tres dedos se pajea el Santos: pulgar, índice y corazón; de firme—. Que sí, que como… Adiós… ¿La tía Pura?… Vale… No sé… Vale… Pasado mañana… Lo vi anoche… Bien… Adiós… Hasta luego… Que sí… Hasta luego… —a cuatro dedos, excluyendo el pulgar, que hace auto-stop, el Santos se pajea—. No lo he visto… No… Vale… No te preocupes… No… Pasado mañana… Vale… Adiós… ¿Eh?… No, no, tranquilo… Que ya… Que no… Vale… Que sí… Vale… Hasta luego… Adiós… No… Adiós.

El Santos chorrea sudor. Se sienta, apaga el cigarro y se pajea más en serio. Se levanta, iluminado. El Santos se dobla hacia adelante. No. Se sienta en el suelo. Peor. Se tiende en el suelo boca arriba. Queman las baldosas amarillas. El Santos levanta el culo, levanta el abdomen, estira el cuello. Es imposible chupársela uno mismo. El Santos termina agotado. Sus pies descalzos resbalan, casi se cae y se abre la cabeza. Vuelve a sentarse, un contorsionista podría hacerlo, pero seguro que no lo hace porque ya tiene quien se lo haga. Reanuda el pajeo. El Santos apura de un trago la ginebra cuando le viene el gusto, por ver qué efecto causa. Ninguno en especial, los dos por separado: placer por abajo, ascendente, y ardor por arriba, descendente, pero no han llegado a encontrarse. El Santos, jadeante, se sirve otra copa de “Larios”. Si hubiera hielo… Si estuviera con él la Blanqui… La invitaría a ginebra (con hielo) y a tabaco y a desnudarse… El Santos bebe y mira el teléfono. Enciende otro “Condal”. Si tuviera sueño dormiría para huir de tanto calor insoportable. Hasta la noche. Podría llamarla, a la Blanqui, y decirle que la Ernesta está a la muerte y que quiere hablar con ella. Eran amigas, su hermana y la Blanqui. Se dejaron de hablar poco antes de la enfermedad de la Ernesta porque a la Blanqui le gustaba el Ricardo, que entonces estaba tonteando con la Ernesta, y ahí empezó la gresca. ¿Vendría la Blanqui si le dice que la Ernesta está en las últimas y que quiere reconciliarse con ella? Después de haberse hecho la cruz como se la hicieron las dos, más la Blanqui a la Ernesta que la Ernesta a la Blanqui, el Santos no lo cree… Entonces, una vez la Blanqui allí, el Santos sería hábil, comenzaría a sobarla y a rozarla con la pinga tiesa en las nalgas para ir poniéndola cachonda y que no se enfadara cuando le dijera que no, que era mentira que la Ernesta estaba a la muerte, que le había dicho eso nada más que para hacerla venir y estar los dos solos. El Santos está borracho de pajas, ginebra, tabaco y Blanqui, del olor a sardinas en aceite que le recuerda el cespejón de la Blanqui. A la Blanqui el cespejón le olía a sardinas en aceite y al Santos le gustan mucho las sardinas en aceite. Era jugar, cuando la Blanqui y la Ernesta más chicas y él más chico, a que ellas se escondían debajo de la ropa una canica colorada y el Santos tenía que encontrarla. Recuerda el Santos olerse la mano, luego de buscarle a la Blanqui la canica entre los pelos del cespejón, que era como sobar un animalillo, y dentro de la raja babosa, pese a que nunca se la metía allí de verdad, y oler a sardinas en aceite, y sentir el aceite de las sardinas en los dedos, y comerse una lata un día y empinársele la pinga. La Blanqui se moría de risa y la Ernesta también, aunque la Ernesta luego no consentía que su hermano le hurgara en el cespejón, tampoco se metía nunca la canica en el cespejón, como la Blanqui, lo que pasa es que la Blanqui le daba pistas falsas: “está en un sitio que tiene pelos”………..(continuará)

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Acerca de Sexoguay

Gerente de la tienda erótica Sexoguay-Haizegoa. Experto Universitario en Sexualidad Humana. Máster en Promoción de la salud sexual. Miembro de la AES Director del equipo que ha hecho el juego erótico Trivial Sexoguay
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2 respuestas a “Las pajas”…relato erótico

  1. La Venganza del Señor Equis dijo:

    Reblogged this on La Venganza del Señor Equis.

  2. Pingback: Las Pajas 03 | Sexoguay

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