Sigue el relato de Clara…

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–Entra.
Me metí con ella en el probador. Olía a sexo.
–No preguntes.
Tomó mi mano derecha y la atrajo hasta su sexo. Al tocarlo por primera vez comprobé que estaba cuidadosamente rasurado, además de completamente húmedo. Lo acaricié suavemente, incrementando la excitación de Clara, a juzgar por el ritmo y la profundidad de su respiración. Yo también me estaba excitando aunque la sola idea de que alguien nos descubriera me daba pánico. Con mis dedos índice y corazón recorrí el clítoris arriba y abajo mientras Clara movía las caderas. Apenas llevábamos un minuto así cuando Clara se tapó la boca, abrió mucho los ojos para luego cerrarlos de golpe, emitiendo un gemido apagado por su mano y se corrió. Luego abrió los ojos, me miró y sonrió. Se abrochó los botones de la blusa, se puso el pantalón con que había venido y descorrió la cortina. Me hizo un gesto señalándome al mirón, que estaba de espaldas a nosotras, haciendo como que miraba unas chaquetas. Clara se acercó a él, alargó el brazo para mirar la etiqueta de una de las americanas y al pasar su mano junto a él le acercó los dedos a la nariz para que el extraño pudiera aspirar el olor. Lo hizo profundamente, cerrando los ojos. Clara se volvió hacia mí.

–Creo que no me llevaré la falda. En realidad no la necesito.
Ya en la calle me dijo que necesitaba que alguien le hiciera unas fotos.
–Tú no conoces a Esteban, ¿verdad?
–No que yo sepa.
–Esteban es un amigo. Algo así como mi novio.
–¿Pero tú tienes novio?
–Algo así.
–Vaya, eso no sé cómo tomármelo.
–No tiene la menor importancia.
–¿De verdad? –jugaba a hacerme la celosa pero no soy buena actriz.
–No me interesan los hombres. Son demasiado fáciles. Sólo me interesa el placer que puedan darme, y es difícil encontrar alguno que pueda hacerlo sin creerse un héroe por ello.
–¿Esteban se cree un héroe?
–Esteban es un héroe, puede creerse lo que quiera.
–Me voy a poner celosa.
–No tienes por qué. Tú no tienes la polla de Esteban, pero ni Esteban ni ningún otro hombre en el mundo me podría hacer la paja que tú me acabas de hacer.
–Con eso me conformo.
–Pues vamos.
Clara me llevó al apartamento de Esteban, que resultó ser un hombre maduro, muy atractivo, algo canoso e impecablemente trajeado. Cuando Clara nos presentó me cogió la mano y se la llevó a los labios sin rozarla, mirándome a los ojos. Los suyos eran azules.
–Es un verdadero placer.
–Lo mismo digo.
Tomamos una copa los tres mientras Clara le contaba a Esteban el incidente de la tienda, poniendo un énfasis excesivo en mi habilidad con los dedos. A Esteban le resultó especialmente interesante este punto.
–Clara siempre insiste en que los hombres no sabemos dar placer de manera sutil, que sólo nos defendemos en el cuerpo a cuerpo más salvaje. ¿A ti qué te parece?
Clara se me adelantó.
–No me malinterpretes, cariño. Tú por ejemplo tienes una lengua divina, pero lo único que puedes hacer es repetir algo que sabes que me gusta. En realidad no tienes ni idea de lo que siento cuando lo haces.
–Hombre…
–Ni idea, Esteban. No puedes ni imaginarlo. En cambio una mujer puede hacer cosas que tú sólo conseguirías por pura suerte.
–¿Por qué no me lo demostráis?
Clara se levantó y se fue al otro extremo de la habitación.
–Ni lo sueñes. Hemos venido a otra cosa –cogió una cámara fotográfica que había sobre una pequeña mesa.
–Además, ya he tenido bastante delicadeza femenina por hoy.
Clara me ofreció la cámara.
– ¿Te importaría?
–En absoluto.
Examiné la cámara. Era fácil de utilizar. Cuando levanté la vista hacia ellos, Esteban estaba quitándole la ropa a Clara con calma, con mucha elegancia. Era la primera vez que la veía desnuda. Estaba delgada pero no demasiado, tenía la piel blanca y delicada, los pechos pequeños y firmes. Comencé a sentir el calor que me producía la contemplación de aquel cuerpo femenino.
Clara permanecía en pie mientras Esteban acariciaba y besaba pausadamente cada centímetro de piel. Hasta tal punto me fascinó el modo de actuar de aquel hombre, delicado, despacioso, sabio, que por unos minutos me olvidé de hacer fotos.
–Pero no era esto lo que querías, ¿no?
Esteban se apartó de Clara.
– Creo recordar que buscabas algo salvaje.
Esteban empujó a Clara, que se dejó caer en el sofá, y se sacó del pantalón un magnífico miembro, aún no crecido del todo, pero que prometía un buen tamaño. Esa fue mi primera foto. Entonces Esteban se colocó a horcajadas sobre la cara de Clara e introdujo su polla en la boca abierta de mi amiga. Tomé unas cuantas fotos de aquella mamada. Clara se afanaba con el pene cada vez más grande de Esteban, introduciéndolo en su boca hasta no poder más, luego sacándoselo y pasando la lengua por el prepucio, los testículos, el vientre. Pero no era eso lo que Esteban quería. No le gustaba estar fuera de la garganta de Clara, enseguida la volvía a hundir en la cavidad húmeda y ávida de polla.
Luego Esteban se apartó, se terminó de desnudar y se tumbó sobre Clara. Restregó su miembro contra el cuerpo de mi amiga, el vientre, el pubis, luego la cogió por los muslos, le separó las piernas y le hundió la polla en su vagina. Clara soltó un gemido gutural y los dos comenzaron a moverse frenéticamente. Esteban sabía comportarse como un salvaje y lo estaba demostrando. Hice una cuantas fotos de aquella postura, del miembro a medio entrar en Clara, del rostro de ella alterado por el placer, de sus piernas abrazadas a la espalda de Esteban, de él mordiendo uno de sus pezones.
Esteban salió de Clara como había entrado, con violencia, sin preguntar, y con esa misma brusquedad le obligó a darse la vuelta, dejándola a cuatro patas sobre el sofá. Se colocó tras ella y le introdujo de nuevo el pene en la vagina ya dilatada y completamente mojada. Empezó a moverse, entrando y saliendo de Clara acompasadamente. Me coloqué frente a ella para ver su rostro. Me miró con los ojos muy abiertos. Un mechón de pelo se le había quedado pegado a la cara por el sudor, las aletas de la nariz palpitaban al ritmo de su respiración. Le hice una foto. Sentí unas ganas enormes de desnudarme y ofrecer mi sexo ya húmedo a mi amiga para así experimentar por primera vez el tacto de una lengua de mujer en mi clítoris. Pero me contuve. Me coloqué detrás de Esteban e hice una foto de su polla entrando en Clara mientras su mano acariciaba el clítoris de mi amiga.
Esteban salió de Clara y se sentó en el sofá. Le agarró de los brazos y le obligó a sentarse sobre él, dándole la espalda. Clara empezó a botar sobre su amante echando la cabeza hacia atrás y rugiendo de placer. Me acerqué al sexo de mi amiga para hacer una foto a la polla de Esteban perdiéndose en las entrañas de Clara. Al acercarme sentí la irresistible tentación de sacar la lengua y pasarla por el clítoris para aumentar su placer. El olor a sexo y el calor que desprendía aquel coño estuvieron a punto de hacerme perder el control. En ese momento mi amiga anunció un orgasmo salvaje y me incorporé para fotografiar su rostro. Fue una de las mejores, una foto ligeramente movida que muestra la expresión descompuesta de Clara, la mirada perdida, los labios abiertos en una mueca que casi parece de dolor.

–¡Ahora me toca a mí!
Una vez que Clara hubo terminado, Esteban la apartó para que su polla quedase libre. Luego la tendió en el sofá, se colocó sobre ella y comenzó a masturbarse. Con un rugido salvaje eyaculó sobre Clara. Hay varias fotos que muestran sus tetas bañadas en esperma, el cuello surcado por gruesos chorretones blancos, cercos de semen repartidos por su cara.
Esteban se sentó junto a mi amiga, exhausto. Yo estaba completamente mojada, deseando que alguien me follara, pero no dije nada.
–¿Has hecho muchas? –Clara se puso en pie y un reguero de esperma recorrió su vientre hasta llegar al ombligo.
–Casi he gastado el carrete.
–Muy bien. Voy a darme una ducha. ¿Quieres venir?
Sin detenerme ni un momento a pensar, como hipnotizada, me fui tras el cuerpo desnudo de Clara. Esteban se volvió hacia nosotras.
–No seáis malas.

Empieza a perder los nervios. No entiende por qué esta noche es peor que las demás. Clara está profundamente dormida con una expresión de paz en el rostro. Tal vez sea esa paz la culpable de que su cabeza se llene de cosas. Piensa en lo mucho que la quiere y en lo fácil que sería rodear su cuello con las manos y apretar hasta que dejase de respirar.
Un coche se pone en marcha en la calle. Alguien bosteza, algo cae al suelo. Los sentidos, alerta por el silencio y sensibilizados por las interminables horas en vela, perciben cada mínimo ruido como algo irritante, insoportable. Se pregunta en qué estará soñando Clara. Siente la tentación de despertarla para hablar con ella. Pero sería una crueldad innecesaria. Hablar no sirve para nada, si acaso para pensar más o para inquietarse con ideas nuevas que vengan a perturbar la mente. La quiere tanto y ella está tan indefensa. Y aún no son más que las cinco.
Raúl era cosa del pasado. Clara lo había convertido primero en una diminuta figura de plástico que de vez en cuando aparecía por los cajones, o debajo de la cama, siempre cuando estaba sola en casa. Después lo fue empequeñeciendo poco a poco hasta que un buen día simplemente desapareció. A veces pensaba en él, pero no con amargura o resentimiento, mucho menos con añoranza, sino con la neutralidad con que se piensa en alguien que no ha dejado ningún poso en nuestra vida.
De una forma imperceptible para mí pero absolutamente inevitable mis sentimientos hacia Clara fueron madurando. Al principio yo necesitaba respirar el aire fresco que ella me daba, pero con el tiempo lo que había sido mera curiosidad y simpatía fue dejando paso a un verdadero sentimiento de amistad. Era una compañera de aventuras pero también era una amiga, un apoyo en los momentos en que necesitaba alguien en quien confiar. Ante todo me sentía agradecida porque me había salvado, de Raúl y de mí misma, pero además la admiraba como un niño admira a su padre, con esa especie de reverencia que se siente hacia un ser superior e inalcanzable. Llegó, en fin, un momento en que Clara se había asentado como un elemento imprescindible en mi vida. Pero todo estuvo a punto de venirse abajo el día de la fiesta.

Clara había organizado una fiesta en su casa a la que estaban invitados todos sus amigos. Me pasé a ayudarle a preparar las cosas antes de que llegase nadie. Mientras colocábamos los canapés en las bandejas me preguntó:
–¿Has participado alguna vez en una orgía?
Clara se echó a reír al ver mi sorpresa. No, nunca había estado en ninguna y sentía una enorme curiosidad. Me guiñó un ojo.
–No olvides lo más importante: nunca hagas nada que no te apetezca.
La gente empezó a llegar. Todos se saludaban como viejos conocidos y Clara me los iba presentando conforme entraban. Había gente de todo tipo, hombres y mujeres de diferentes edades y aspectos. Después de un rato de charlar, comer y beber, fue como si alguien hubiese hecho una señal secreta que puso en marchala fiesta. Cuando vi que todos empezaban a desnudarse y a entregarse los unos a los otros sin ningún pudor me sentí terriblemente excitada. Busqué mi hueco entre dos chicos jóvenes cuyos nombres había olvidado. Me tomaron en sus brazos, desnudándome en un momento, y yo me abandoné al puro placer animal. Me dejé hacer, fui acariciada, besada, lamida, penetrada. Mientras tanto procuraba no perder detalle de lo que sucedía a mi alrededor. La gente se ofrecía sin mirar a quién, la libertad era absoluta. Me separé de mis ocasionales amantes y recorrí el salón contemplando las escenas que se ofrecían a mis ojos, buscando un hueco en el que meterme. Y entonces la vi.
Clara estaba en el suelo, colocada a cuatro patas. Un hombre ligeramente obeso la estaba penetrando con su pene no muy grande. Una joven de piel blanquísima y pelo negro como el carbón recogido en una coleta le estaba ofreciendo a Clara su coño. Ella lo lamía con gula mientras la chica inclinaba la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados y la boca entreabierta, gimiendo de placer. Y me sentí mal. Era un sentimiento parecido al desasosiego, un malestar inexplicable, una sensación de que algo me faltaba porque me lo estaban quitando. Alguien llegó y me introdujo su polla hábilmente, sin obligarme a cambiar de postura, de pie como estaba. La tenía demasiado grande para mí, me hacía daño, como si me estuviese desgarrando por dentro, pero yo no podía dejar de mirar a Clara, a aquel hombre gordo poseyéndola, a la joven morena de piel palidísima gozando con su lamida. La enorme polla salió de mí y escupió su esperma sobre mi espalda. Alguien me besó en la nuca y me dio las gracias. Me limpié, me vestí y me fui de allí.

No hablé con Clara en toda la semana. Necesitaba comprender lo que había sucedido, aunque en realidad estaba muy claro. Podía comportarme como una cobarde, que era lo que había hecho durante toda mi vida, o tomar una decisión y hacer que las cosas sucedieran como yo deseaba, en lugar de esperar a que pasasen confiando en que todo saliese bien.
Ideé mil maneras de arreglármelas para crear una situación propicia en la que hablar con Clara. Ninguna me parecía adecuada. Y, como suele suceder cuando se prepara algo demasiado, al final sucedió de la forma que menos me había imaginado. Un día de junio estábamos las dos juntas viendo la televisión en su casa. Hacía bastante calor, las dos nos habíamos puesto cómodas, llevábamos tan sólo una camiseta ligera y las bragas. Era ya de noche, las puertas de la terraza estaban abiertas de par en par y entraba una brisa fresca. Nos estábamos aburriendo… (continuará).

 

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Acerca de Sexoguay

Gerente de la tienda erótica Sexoguay-Haizegoa. Experto Universitario en Sexualidad Humana. Máster en Promoción de la salud sexual. Miembro de la AES Director del equipo que ha hecho el juego erótico Trivial Sexoguay
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